[…] Ahora, por ejemplo, caigo en mi propia tumba. Me levanto. Escupo donde antes estaba mi epitafio. Me aborrezco por mi origen, por todo lo que no sé de mi pasado. Por todos los que murieron y dejaron mi sangre, perdida entre mis ojos. Ahora me visto de mendigo. Me arrastro por las calles. Les pido limosna para asustarlos o para avergonzarlos. Les digo que se vayan al carajo. Que me han robado el puesto y la luz. Que, un día, los echaré a patadas o los colgaré. Y es de ver cómo corren por su alma. Es de ver la cara que se ponen. Es de ver que una palabra ha de bastar para que de una vez pierdan la guerra.